No me había dado cuenta que cada vez que iba a su negocio a comprar algo, él terminaba diciéndole a la empleada:
- Dejá, que a la señora la atiendo yo. ¿Cómo le va? ¿En qué la puedo ayudar?
Pero ese día en particular, la conversación derivó al siguiente diálogo:
- ¿Estuvo de vacaciones? Se la ve muy quemadita, ¿anduvo por la playa quizás? Le queda muy bien ese color de piel, le hace resaltar sus hermosos ojos verdes.
Guau! El dueño del local me ha mirado y por primera vez, he notado que él también tiene unos hermosos ojos, pero azules como el cielo.
Compré lo que iba a buscar y nos despedimos cortésmente.
Cuando llego a mi trabajo, ya habiéndome olvidado del asunto, como a la media hora, veo que para un coche en la puerta y que desciende el señor en cuestión.
Está lleno de gente donde yo trabajo. Pero él, muy decidido, igualmente entra y me dice:
-¿Qué tal, cómo le va? Quería hacerle una pregunta. ¿Cuál es el número de esta oficina que lo he buscado en la guía telefónica y no aparece?
- Está en el cartel de la puerta, por si lo quiere anotar – le respondo.
Nos despedimos cortésmente, y seguí atendiendo a las otras personas que estaban por allí.
Como a los 15 o 20 minutos... teléfono.
Era él.
- Habla "Fulano". ¡Al fin puedo hablar más tranquilo contigo! Acepté. Contra mis principios de no vincularme con alguien casado, pero acepté. No voy a decir que me fue llevando a que aceptara. Pero casi. Se las ingenió para conquistarme, para seducirme, para hacer que también a mí, me dieran ganas de conocerlo más, de estar con él, cerca, mucho más cerca que con un mostrador de por medio.
Así fue como lo conocí, hace 3 años atrás.
Yo sabía muy poco de él. Me dijo que era casado, pero que desde hacía años que cada vez que yo iba por su comercio, él se moría por atenderme y charlar conmigo. Que le gustaba. Que quería salir conmigo, si yo no tenía compromisos y no me complicaba la vida.
Cada 15 días él tiene un asado “con los amigos”. Benditos amigos! Así que, arreglamos que cada vez que coincidiéramos en tiempo y ganas, él me llamaría, porque obviamente yo no puedo llamarlo, y combinaríamos a qué hora me pasa a buscar por casa.
Como igualmente hace acto de presencia en los asados, la hora de nuestro encuentro, es bastante tarde, por las noches de los viernes de cada 15 días.
Hubo algunos viernes en que no nos pudimos ver, o porque yo tenía algún compromiso, o porque a él se le complicaba de alguna manera.
Me dijo la primera vez que estuvimos juntos:
- Estoy casado, si. Pero obviamente hay algo que no está bien en mi matrimonio. De otra forma, no estaría acá contigo.
Bueno, eso fue lo que más me gustó. La sinceridad de decirme que lo que quiere es pasarla bien, tener sexo sin culpas ni reclamos, y sobre todo, sin compromisos.
Y hoy es viernes. Acabo de llegar de estar con él. Le conté que he decidido mudarme de ciudad, que me voy a otro lado. En cuanto liquide con algunos asuntos pendientes, me mudo.
Se lo conté mientras íbamos en el coche hacia un motel. Me dijo que me extrañaría y que estaba seguro que volvería aunque sea a visitar a alguna amiga y si lo llamaría si eso pasaba.
Al entrar a la habitación, apenas cerró la puerta a sus espaldas, me abrazó y comenzó a besarme como nunca antes, apasionadamente. ¿Se pensaría que ya mañana mismo me iré? No le comenté que falta alrededor de un mes para que me vaya. Pero preferí dejarlo que sintiera que era la “despedida”. Parecía el preludio de un adiós.
Cuando me quita el cabello de la cara, haciéndolo para atrás, con la otra mano roza mis pezones que ya estaban sumamente erectos, y me dice:
- Cómo me gustan tus pechos!! – y los aprieta, fuerte. Mientras me saco las sandalias, él aprovecha y se saca su remera, se desprende el cinturón y yo, de espaldas, me pongo con la cola bien apretada a su bragueta, impidiendo que él siga desprendiéndose el pantalón. Pongo mi mano en su bragueta, siempre de espaldas y mirándolo a través del espejo. Me sonrío, porque está duro, muy pero muy duro. Y es de los señores que están MUY BIEN dotados, ¿soy clara?. Aquello era una maravilla. Ya dejé de pensar si lo tomaba o no como una despedida, no me iba a complicar ni a interrumpir ese momento, preguntando absolutamente nada. Sólo el placer. Eso era lo más importante para mí.
Ya sabe que eso me “enciende”. Me saca la blusa y comienza a mordisquearlos, alternando con besos. Luego me desprende el botón del pantalón. Lo ayudo, quitándomelos. Y quedo sólo con la tanga negra. Parados, de frente a un espejo y con la cama a nuestras espaldas.
Desabrocho los botones de la bragueta del jean y paso mi mano por debajo del calzoncillo.... Ay, Dios!!! Si es que se lo puede invocar en un momento como éste, claro. Si tuviera un poco de yeso, juro que le sacaría el molde y lo expondría como PERFECTO.... Su pene es grande de largo y de ancho. Sus testículos, pequeños y duros. No tiene mucho pelo que moleste a la hora de explorar por la zona. Y ya está mojadito... Lo aprieto fuerte, bien en la base.
Me inclino hacia adelante, para apoyarme en la mesa donde está el espejo, y él baja sus pantalones y calzoncillos hasta la mitad de su pierna y allí mismo, me quita la tanga y apoya su pene en mi cola.... Con sus dedos, por delante de mi, va explorándome despacito, hasta encontrar mi clítoris y comienza a masajearlo, mientras que con la otra mano que la tiene en mi cintura, me va atrayendo más hacia él.
Me agacho más, apoyo mi codo izquierdo en la mesa y por delante, tomo con mi mano derecha su pene y lo ayudo a introducirlo en mi vagina...
Comenzamos a movernos al mismo ritmo, suavemente al principio... pero parece que los dos estamos muy motivados y el ritmo aumenta...
Me encanta. Me calienta más aún el hecho de poder mirarlo mientras está a mis espaldas. ¿Quién habrá inventado los espejos?????
Pero no quiero distraerme. Cierro mis ojos y lo disfruto a pleno. Embestida tras embestida.
Cuando siento que ya no puedo más, me detengo, me doy vueltas, apenas lo empujo un poco para atrás, como para que se de cuenta que quiero que se siente en el borde de la cama. Lo hace.
Me pongo en cuclillas y lo ayudo a sacarse, primero sus zapatos, luego el pantalón y por último, el calzoncillo, que estaba ya casi fuera de su cuerpo.
Sigo de rodillas y, ante ese espectacular panorama... ¿quién se puede resistir?
Comienzo a chupar ese dulce caramelote, ese palo mayor o verga que indica que la embarcación está pronta para navegar.... pronto para navegar o para montar, según sea la ocasión. Y estaba pronto, lo puedo asegurar!!!
Le gusta cuando lo hago y como lo hago. Succiono, libo, chupo, mordisqueo. Hago que mi lengua pase como las alas de un colibrí, rápido, muy rápido, por la punta, y voy bajando, besándolo, hasta sus testículos. Pongo uno en mi boca, así de chico es. Lo aprieto un poquito, no demasiado. Y sigo mi camino hacia su ano. Allí me detengo, con la lengua otra vez batiéndola como alas, rápido, más rápido. Pone los talones en el borde de la cama, como para quedarse con las piernas bien abiertas y que yo pueda gozarlo aún más. Gozo que goce. Me calienta que me deje hacer. Que no me hable, que no me esté dando órdenes: ponete acá, hacé así, levantá la pierna para allá.... nada... no dice nada... sólo me disfruta y me deja hacer.
Estoy muy pero muy caliente. No sé cuánto más pueda estar yo sin correrme. Pero sigo besándolo y mojando su ano con mi saliva, porque ahora quiero introducirle un dedo. Quiero ser yo quien lo posea. Quiero ser yo quien esté dentro suyo. Quiero sentirlo de cualquier manera. De todas maneras. No importa cómo. Y lo hago.
La primera vez que lo hago y espero por su reacción.
Nada. Se retuerce de placer. Gime aún más. Está tirado de espaldas en la cama. Levanta un poco la cabeza y me dice que le gusta cómo lo chupo, que le gusta todo lo que le hago....
Sigo chupándolo, metiendo toda su pija en mi boca. Toda. Y es grande. Pero igual entra hasta el tronco. Hasta que pega en mis amígdalas. Toda, toda en mi boca. Lo succiono. Literalmente, lo succiono y me dice “Así... así... seguí así... así.... creo que no aguanto más...”
En ese momento siento que yo también estoy por explotar, que no doy más, que quiero montarme en él, y se lo digo:
- Quedate así, por favor. No te muevas. Quiero subirme encima de ti. Mientras lo monto y cabalgo, moviendo mis caderas y haciendo que mi clítoris roce con su cuerpo... me corro, no me aguanto.
Es divino!!! Se aguanta y me espera. Sigue dejándome hacer a mí.
Él me aprieta otra vez mis pezones, y agarra mis tetas con sus manos levantándose un poco para besarlas. Sigo chorreando, me empapo de placer, hasta que, casi extenuada, me dejo caer en su pecho. Me abraza diciéndome:
- Qué lindo... cómo te siento... cómo me gustas...
Quiero que él termine. Ahora le toca a él. Quiero seguir con lo que estaba haciendo y que me distraje. Así que vuelvo a su hermoso pene y lo sigo chupando como si fuera la primera vez. Huele a mí. Sabe a mí. Está empapado de mí.
Ahora sí, no se aguanta y me dice que está por correrse, que no quiere que pare, que siga. Y lo hago, pero cuando está largando su leche en mi boca, lo saco y lo miro correrse. Lo aprieto, lo masturbo, rápido, con mis manos, y junto toda su leche y la paso por mis pechos y mi cara.
Tenía ganas de hacer eso, de ver cuando sale su leche, de que se acabara encima de mí. Era una fantasía que nunca había practicado, pero que siempre vi en las películas porno, que los tipos acaban encima de la mujer.... no en su boca, sino en sus tetas.... y yo nunca lo había hecho así.... y tenía ganas. Quizás no fue tal cual lo imaginé, pero sí me gustó ver cómo se corría, como largaba esos chorros que paraban en mi cara y en mis manos, y que yo luego desparramé sintiéndome loca de placer.
En ese instante se me vino a la mente algo. Ahora sí entiendo y puse en práctica lo que se dice por ahí, que una mujer tiene que ser una dama en la sala y una puta en la cama.
Esta noche fui una puta. Y me gustó.
